18 dic. 2008

Siempre te vas

Siempre te vas.

Cuando al fin creo tenerte entre mis brazos, miro al frente y en el espejo drástico es mi semblante pues no te tengo, no es verdad.

Siempre me dejas.

Dibujas una sonrisa en una fotografía mía, esperando que mágicamente mis labios la vuelvan realidad. Así si sonrío te llenarán de alabanzas los hipócritas que te siguen, serás una heroína para ese mísero pueblo cuando me vean vacío por tu culpa, sin ti, sin sonrisa.

Siempre me abandonas.

Vienes de una tierra lejana a conquistar cautos, crees que es mejor que conquistar a simples ignorantes, te gustan los retos y el aplauso de los demás al superarlos. Si al menos te llevaras a esos esclavos contigo, pero ni siquiera eso. Los abandonas en medio del desierto después de prometerles casa, trabajo y alimento.

Una arpía es lo que eres, ser fabuloso que con tu bello rostro de mujer hipnotizas a tus víctimas, para luego devorarles porque al final tu cuerpo es de ave de rapiña. No los matas, disfrutas el sufrimiento. Mirada encantadora que levanta a los muertos para volverlos a matar.

Juré no verte más cuando estuvieses presente. Dios fue testigo de mis palabras obligadas y por no cumplir habrá de esperarme un castigo. Más castigado no puedo estar, me daña tu ausencia tanto como tu presencia, sólo el intento inútil de creer que no existes me reconforta. Pero cuando la conciencia me coloca en tu tiempo y tu imagen, regresas.

No hay cura para el mal que esparces por el mundo ni enfermedad que mate la felicidad momentánea que produces. Pero no quiero curarme de tu mal ni matar la felicidad que tu llegada me causa, tan sólo déjame imaginarte en la eternidad, porque ni siquiera eso me permites.

Ésta vez callaré, porque sé que cuando vuelvas volveré a creer y cuando te vayas volveré a entristecer.

14 dic. 2008

No preguntes...

No, dime que no es, no de nuevo.

No preguntaré “¿por qué?”, le dije que no preguntara eso, que si tenía que cuestionar lo hiciera con un “¿para qué?”. ¿Pero es que no puedo seguir mis propios consejos? Está bien: “¿para qué?” Pregunto.

¿Para sentirme bien? ¿Para sentirme mal? ¿Para cerrar los ojos y soñar con él? ¿Para despertar y recordar que no está conmigo?: Para sentirme mal lleva la delantera.

¿Para escuchar alguna canción y encajar sus palabras sueltas en un solo renglón? Como un rompecabezas pero sin las cien o mil piezas, o una partida de ajedrez pero sin los cuadros blancos sólo los obscuros con sus caballos, o la diana sin los dardos.

¿Para rendirme ante su mirada fingiendo no hacerlo? ¿Para sentir la aspereza de su mano contrastar con la suavidad de su intención al tomar la mía? ¿Para encerrar su nombre de personaje literario en los vagones de un ferrocarril legendario?

Muchos signos de interrogación y pocos signos de exclamación. Ninguno, de hecho. ” ¡Eso no importa!”, -“¡Claro que importa! ¡No debes abusar de las preguntas, comenzaste con una simple y estás expandiendo su poder de incertidumbre como una plaga! ¿Y para qué?”-.

También le sugerí que caminara con la vista al frente y la mente en blanco; que las miradas ajenas las convirtiera en el camino que habrá de guiar sus pasos y las voces ajenas las convirtiera en el viento que habrá de impulsar a sus brazos.

Le pedí que detuviera sus preguntas, no que las matara. Que les liberara sólo en tiempos de certeza y no al contrario como lo venía haciendo. “No preguntes, mírame y siente, tendrás la respuesta” le dije.

¿Para qué?

¿Para escuchar un acento que provoca enternecimiento? ¿Para erosionar con nuestras caminatas la tierra que nos sostiene? ¿Para devolverle al tiempo lo que cree que le he quitado? ¿Para darle un título a un cuadro recién pintado?

Hablamos sobre la extinción de nuestra raza, él pregunta si hay esperanza yo respondo que sólo la necesaria.

¿Para transpirar su peculiar olor? ¿Para entretener a mi mente con un acertijo sin solución? ¿Para embriagar a mi corazón con una interminable botella de alcohol? ¿Para ser quemado con su calor?

¿Para querer arrancarme ésta armadura de fantasía? ¿Para transformar teclas en dedos y dedos en sentimientos? ¡¿Para qué carajos?!

¿Para llorar porque debo callar y callar porque no puedo dejar de llorar?

¿Para tener la causa del peor de los miedos atorada en la garganta y no poder sacarla?

¿Para deleitar a quién? ¿A Dios? ¿A mí? ¿A él? ¿A ti?

¿Para llenar de vida a los planetas moribundos?

Para todo eso y más o para nada quizá. Creo saber lo que se avecina y sin embargo no lo sé: ignorante.

Da igual si me dice lo que quiero escuchar, siempre termino permitiendo a la duda juzgar, y no es un buen juez. Desde ahora tendré que mirar hacia atrás y en base a ello prever. Lo único que puedo ver por ahora es un “¿para qué?”.

Después de todo creo que hubiese sido mejor decirle que si tenía que cuestionar lo hiciere con un “¿por qué?”, pues así no obtendría respuesta y no estaría como yo, siendo atacado por la infinidad de ellas.

10 dic. 2008

Fatum y las Esferas

Sobre la mesa hay dos esferas de cristal, tan brillantes que parecen los ojos de un felino a mitad de la noche. Fatum debe elegir solamente una.

Una decisión sumamente difícil pues la distancia que lo separa de ellas no le permite verlas por completo, tocarlas, sentirlas, saber cuál de ellas debe ser suya.

Intenta averiguar un método que sin falla le haga saber cuál escoger. Como guiarse por el brillo de sus superficies, pero le resulta imposible, ambas poseen esa luz interna que se ve reflejada en su exterior, las dos con la misma intensidad.

Decide entonces hacer uso de su envidiable intuición y de su bolsillo saca un pequeño aparato similar a una brújula. Ese mecanismo fue su regalo de nacimiento, y lo cuida como a su vida misma. Funciona de manera parecida a la brújula, con la diferencia de que su artilugio sólo puede apuntar hacia dos direcciones, en este caso particular, solamente una de las dos esferas.

Fatum cree que habrá de resolver tal dilema con su aparato futurista, pero no será así. Lo dirige hacia la mesa mientras su rostro lleno de esperanza hace una mueca de nerviosismo. A y B son las direcciones, sólo una puede ser seguida.

Sorprendentemente la “brújula intuitiva” no reacciona, no se ve ni el mínimo movimiento de su puntero, no se escucha su mecanismo etéreo ni su engranaje de arterias y sangre. No funciona. Fatum en un arranque de frustración ante tal infortunio golpea su preciada posesión pero no consigue hacerla trabajar. No entiende qué sucede.

Con inocencia pregunta al vigilante si puede conservar ambas esferas, a lo que éste responde con un rotundo “¡No! O una o ninguna”.

Las circunstancias lo tientan a abandonar el lugar, a salir con las manos vacías y el espíritu lleno de incertidumbre y frustración. A pesar de eso permanece allí, pensando, sintiendo lo que debe hacer. Nunca le fue otorgada una tarea tan complicada, siempre creyó que los obstáculos no eran más que invenciones y pretextos de un perdedor.

La habitación es tan grande y obscura como las pupilas de Fatum. Sólo una gran lámpara que cuelga sobre la mesa brinda el calor que evita a Fatum sufrir de hipotermia. Sin embargo la lámpara sólo ilumina la mesa, es como si hubiesen acordado vivir en simbiosis: “yo iluminaré tu fina madera exclusivamente si tu amortiguas una posible caída mía”.

“No sé”, piensa Fatum deseando más que nunca que alguien elija por él, pero así no debe ser. Sabe que puede quedarse con ambas esferas pero si el vigilante dijo lo contrario fue porque sencillamente no debe tener las dos.

- ¿Y si soplo tan fuerte para que una ruede, caiga y se rompa? ¡Así no tendré que elegir!

- No, la finalidad es que elijas. No estarías aquí para recibir algo así tan fácil, si haces caer a una, la restante no te será dada. Elige rápido o el tiempo se encargará de sacarte de aquí, y tú mejor que nadie sabes que no puedes hacerle frente. Anda Fatum. Por cierto, aquella que no sea elegida tendrá que ser condenada al olvido por ti. No lo pienses, no lo sientas, sólo ¡ELIGE!

- ¡ELIJO A LAS DOS!

- Si así lo quieres así será. Pero ten cuidado, fuiste advertido y no atender una advertencia mía implica rendirse ante las consecuencias. Al final no podrás con tanto brillo entre tus manos y serán estas las que terminarán por romper tus esferas.

De pronto la habitación pasó de la obscuridad a la más deslumbrante claridad.

Ahora Fatum tiene una esfera en cada mano, cree que son iguales y que aquel montaje de la elección no fue otra cosa que un truco. También cree que tomó la decisión correcta y sí lo fue, pero no la mejor.

Ignora que aquello no fue un montaje sino una prueba trascendental. Que las esferas no son iguales y por el contrario son tan distintas entre sí que no podrá conservarlas durante mucho. Mientras tanto sonríe.


3 dic. 2008

Sed de Sangre

El hombre es por naturaleza un ser sediento de sangre, aunque desde el comienzo de su tiempo siempre ha tenido el concepto errado al creer que aquel líquido vital es el agua. Ahora, no conforme con agotar el agua de su morada, se dispone a derramar la sangre que sea necesaria para cubrir su sed, mientras desconoce que sus instintos primitivos no tienen culminación, porque son castigos materiales del Eterno.

Plasma de color hipnotizador que levanta a los caídos y se desperdicia deliberadamente entre los campos, las ciudades, los desiertos y los valles.

Este deseo primario de cazar no tiene como fin la muerte ni es alentado por un motivo maligno. Su finalidad es la debida: expulsar la energía contenida, y su motivación no es otra que la misma justicia intentando equilibrar la balanza.

No quiero arrebatar de las manos de Dios una vida porque temería por la mía, sólo quiero comer un trozo de su carne, beber un sorbo de su sangre y oír sus palabras entrecortadas expresando arrepentimiento y rogando por perdón. Oler el mismo miedo que me impuso, la misma incertidumbre evaporándose después de brotar por sus poros. La humedad de sus manos deseando ahogarlo para evitar tal masacre.

“Una mordida mía bastará para sanarle”, no me importa que saludable dedique su vida a otra que no sea la mía. Si es pues la mordida la cura para su mal ¿por qué habría yo de ser señalado como maligno cuando en realidad soy caritativo?

Espero que al ingerir su carne todos sus contaminantes sean derrotados por mi ejército defensor que para ello les abastecí de armas y municiones con su palabra de entregarme la victoria. Porque si sus intrusos males llegasen a mezclarse con los míos me convertiría en un ser despreciable pues tengo sólo lo suficiente. No necesito más arrogancia, no necesito más ignorancia, no necesito más deshonestidad.

Espero que al ingerir su sangre la cual está mezclada con veneno no se atrofie mi sistema y se apague de repente. Es bueno saber que preví toda catástrofe y adquirí toda poción útil para evitarla. En la herida recién hecha le dotaré de un par de gotas de mi sangre que si bien no purificarán la suya exterminando el veneno, sí logrará darle la tonalidad calidad que tanto necesita.

Soy un hombre sediento de sangre, no siempre pero sí de repente. No puedo negar la necesidad esporádica de algo vital que fluye dentro de mí, así como no puedo negar que el blanco está en la mira y al menor de sus movimientos atacaré con cautela pues es lo que me corresponde hacer. Lo que el juez sentencie al acusado no lo sabré, pero confío plenamente en él.

 

2 dic. 2008

Perder

Puede deducirse que perder algo cuyo valor es nulo no habría de causar conmoción, mucho menos preocupación o tristeza. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando ese objeto es más valioso que un trozo de estrella?

Me gustaría ver el rostro del ser cuando se dé cuenta que el objeto perdido tiene un valor incalculable, sobre todo al enterarse que ese pedazo de estrella que tanto deseó hasta conseguir no es más que una roca cualquiera que encontré a las afuera de la patética realidad.

Es cierto que el objeto irá en busca de quien le considere sumamente valioso, uno tras otro conocerá, se topará con algunos de su clase y hasta puede que unan sus fuerzas para destrozar a los que les dejaron perderse, pero también es cierto que el valor nato del objeto es suficiente como para cambiarlo por una galaxia entera, y no sólo conseguir un poco de polvo estelar como ingenuamente creyó el insensato.

Tan correcto aquél que dijo “nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido” como tan contradictorio. Porque sólo se puede saber lo que se tiene cuando se tiene. Y si así no se es capaz de saber, estará condenado a continuar ignorando.

“¡Nadie puede saber lo que tiene si lo pierde!...y si lo pierde esperemos que sepa lo que tuvo”.

 

 

29 nov. 2008

Retraso Sentimental

Va más allá de un retraso mental, que si fuese dicho caso resultaría inclusive irrelevante para mí. No estaría pues escribiendo estas líneas que si bien no tienen la coherencia fingida sí cuentan con la demencia que he adquirido. He confirmado las sospechas que me atacaron desde el comienzo de la pérdida de cordura, y es que la locura es en cierta forma parte de mi naturaleza, pero ha sido a causa de aquellos entes circundantes que esa pizca de locura incluida en la materia se convierta en la especia sobrante que amarga la ya de por sí insípida mezcla. Prácticamente son ellos los responsables del desequilibrio neuronal en un recipiente presuntamente tan poderoso que no hay nadie que logre abrirlo y adueñarse de su contenido.

Pero la insana mente no es motivo de escritura, al menos no en ésta ocasión.

Vuelvo a referir aquello peor que el retraso mental: el retraso sentimental. ¡Piedad para aquél que lo padezca! Es una incapacidad, la limitación de limitaciones que corta cabezas ajenas para después arrancar sin misericordia los corazones convalecientes cuyos cuerpos generalmente han sido utilizados para inimaginables actos, casi al grado de intentar exterminarse ellos mismos: “todo sea por no ser” dicen los cuerpos.

Tal es la ironía que embarga la situación que no queda más que risas y sátiras a su paso, mira que hablar de una incapacidad a su vez capaz de matar al prójimo y cercano es como contar un chiste al propio payaso.

Corrijo mis palabras: “¡NO piedad para aquél que lo padezca!” Que se aplique sobre el enfermo la misma tortura de la que ha sido victimario. Sin anestesias basadas en sentimentalismos porque al final resultaría alimento para el hambriento y no castigo para el criminal. Que con las cadenas ardientes se le ate al poste de la justicia, para que con piel quemada se nutran los vagabundos y con los gritos de angustia se regocijen las aves fénix a las que les privó de su voz y sus cenizas.

Pero que no muera…

A menos que el porvenir sea un ciclo infinito, una rueda giratoria de la infortuna para el verdugo, ese retrasado sentimental.

28 nov. 2008

No debes ser

No debes ser ese quien en tiempos de soledad se vuelve tan obscuro como la noche, un alma que es temida por la misma neblina pues no hay luz capaz de dispersarla, de hacerla desaparecer o al menos hacerla buscar otros territorios.


No debes ser ese quien en momentos de duda recoge del suelo las manzanas podridas, al saber que el árbol está dando vida a nuevas crías.


No debes ser ese quien se esconde tras un artilugio cuando el verdadero mecanismo a conocer se encuentra fuera de los límites que tú mismo trazaste, del rejado y el alambre de púas que habrán de lastimar tus delicadas manos si no abandonas al orgullo y pides ayuda.


No debes ser ese quien persigue al ciervo creyendo ser su dueño cuando no eres más que su compañero. Tú posees nada, ni siquiera ese instrumento desperdiciado que portas es tuyo.


No debes ser ese quien acosa al acosador cuando tu único rol es ser el acosado, un personaje típico de un juego de mesa cuyas reglas deben ser respetadas, pero no lo son.


No debes ser ese quien enciende una vela con la esperanza de ser escuchado por la flama, debes saber que no eres tú a quien ella baila.
No debes ser ese ser.


Conexiones

En ocasiones fugaces como ahora dudo de la veracidad de aquellas conexiones inter-espirituales. ¿Son ciertamente los espíritus por sí y gracias a sí mismos quienes se atraen entre ellos? ¿O es acaso que el espíritu de cierta materia es tal alquimista capaz de convertir la nada en al menos un poco de éter? O quizá el espíritu tiene la capacidad de dividirse a sí mismo en otros espíritus, cualidad presuntamente exclusiva del Eterno, para así presentar ante el carcelario uno de los tantos clones que satisfaga sus deseos eróticos y psíquicos.


No importa al final si el espíritu es un vil ilusionista, alquimista, genetista o simplemente un átomo de completa sinceridad. Porque lo que resulta innegable a pesar de su incógnita labor es el mérito de ganar los aplausos de su público, el respeto y la gratitud del espectador más importante.

Hazme saber...

Hazme saber si tengo que esperar, si debo preparar un té de paciencia para tomarlo cada vez que me encuentre al borde de la demencia si no es que ya he caído en ese abismo sin ser consciente de ello. No me hables del porvenir si tienes el placer de conocerlo, mucho menos si eres responsable de su puntual arribo a los andenes de este microcosmos.


No intentaré descubrir la semilla que dio vida al árbol estelar porque sus frutos al madurar poseen la misma forma que un signo de interrogación cuando su Naturaleza les alienta a exclamar. Así que no tienes motivo para tejer telarañas, en lugar de eso construye puentes pues las corrientes que arrastran mis palabras habrán de arrasar esos hilos tenues una y otra vez hasta que desistas y evoluciones.


¿Qué unidad mide la espera? Puede que sea el vulgar segundo tan sobrevaluado en un mundo cuyos habitantes hacen de sus mecánicos gobernantes unos completos tiranos. Puede que sean los fragmentos de realidad alterna cuando cada noche de luna llena revelan secretos de la presuntamente realidad verdadera. Puede que sea el parpadeo del cíclope herido por la flecha del olvido cuando, de manera accidental, la soltaste aprendiendo a tirar. O puede que sean las gotas de rocío quienes midan la posible espera.


Hazme saber si tengo que esperar sin decirme qué tengo que esperar.

17 nov. 2008

Quiero ser omnipresente

¿Habrá de resultar ofensivo para el Creador que envidie de cierta forma su omnipresencia? Porque estoy seguro que no hay nada en mí que pueda envidiar pues lo tiene todo.


Quizá si se lo pido me lo conceda, aunque supongo que su decisión estará basada en la finalidad de mi petición, y es que, ¿para qué más querría un ser humano la omnipresencia si no es para atender sus deseos carnales? Esos deseos tan bajos en la escala ya de por sí insignificante que es el mundo material. Si como condición para aceptar mi solicitud me impusiese hacerme cargo de los Universos en sus distintos estratos, supervisarlos y mantener el equilibrio entre sus mundos y seres definitivamente lo dudaría, pero al final toda condición debe ser tomada puesto que si el anhelo es verdadero no existe obstáculo para consumarlo. Vaya, en otras palabras, si Dios quisiese descansar de la eternidad y me pidiese sustituirle, aceptaría. Pero sólo por la omnipresencia.


O mejor aún, podríamos intercambiar roles. Que Él sea el alma cautiva en una máquina de forma caprichosa, que nazca, crezca, se reproduzca, enferme y muera, no sin antes enamorarse y volverse un demente a causa de ello. Que yo por mi parte sea el Eterno Ser que todo lo ve y todo lo tiene, que es sin dejar de ser y que seguirá siendo pues no habrá final.


Quizá lo que verdaderamente le resulte ofensivo es mi cinismo al concluir que ser humano me es tan placentero que no podría dejar de serlo o ser algo más. Y si con esto me condeno al círculo de la materialidad, ese que señala la interminable reencarnación en una misma forma de vida, condenado pues: he de ser humano.

11 nov. 2008

Fatum y la Ruleta

Es como si le gustasen los juegos de azar y apostara al número ganador sin saberlo. La supuesta escena sería la siguiente:


“La ruleta está detenida esperando el momento en que la mano deshumanizada habrá de hacerla girar, pero antes de eso lo que hace falta para obtener perdedores y un ganador -todos ellos efímeros por sí solos- se necesitan entes que sean más que simples observadores, entes que sean verdaderos partícipes de los hechos.


Los entes comienzan a aparecer, comienzan a ser y se vuelven seres. Los números comienzan a nombrarse, comienzan a ser palpables y se vuelven probabilidades. Todo parece estar listo para dar comienzo al espectáculo tragicómico que habrá de beneficiar a unos cuantos y maleficiar a otros tantos. Y la mano deshumanizada está a punto de hacer girar a la desesperada ruleta.


De pronto, de entre las tinieblas y el humo de cigarrillo hace acto de aparición un último ente. Éste no comienza a ser, no se vuelve ser y con esa naturaleza -extraña para la mayoría de los espectadores- anuncia con entusiasmo su participación en el juego.


Nadie sabe quién es el misterioso último participante pero todos rumoran sobre su posible identidad. Algunos susurran entre sí que se trata de un erudito probabilista con ventaja sobre los demás; algunos dicen que se trata de un temido hechicero omnipresente también con ventaja sobre los demás; otros insisten en que se trata solamente de un labrador pretencioso sin ventaja alguna sobre los demás. La verdad es que ninguno habrá de conocer la identidad de ese ente, lo único atinado dentro de la especulación es que no tiene ventaja alguna sobre los demás partícipes. Y lo único que habrán de conocer sobre el ente es el título ‘FATUM’ grabado con letras doradas en un costado de su alto sombrero.


El protagonista grita un número cualquiera (‘ídem per ídem’: porque da lo mismo si se trata del primero, el del medio o el último), sin más, apuesta todo a esa recién nacida probabilidad. Y con ese monto en juego nadie pudo negar al misterioso su participación, incluso a falta de identidad.


La mano deshumanizada (llamada así con fines ilustrativos pues en realidad se asemeja más a una fuerza etérea) hace girar la ruleta. El sonido que produce la pequeña bola cuando salta, choca y rebota entre espacio y espacio provoca al ente, le incita a despertar sus instintos subliminales.


La ruleta lentamente se detiene y mientras el extraño continúa en trance lo proclaman ganador:
‘Usted, caballero FATUM, con su número cualquiera ha resultado ganador de esta partida y por ende acreedor a la incalculable fortuna cuya permanencia es hasta ahora desconocida, por lo que le exhorto a cuidarla y hacer buen uso de ella. Le felicito. Vuelva pronto.’
El ente se percata de lo sucedido y con discreción toma su premio y se retira del lugar.”


Así ocurre a veces, pero, ¿habrá de seguir la recomendación al hacer buen uso de la fortuna? Esa es una supuesta escena para otro tiempo.

5 nov. 2008

Jugando

El tablero está listo. El jugador se prepara para lanzar el dado, reúne a cada uno de los andróginos y andróginas para encerrarlos en una enorme pirámide de paredes transparentes.
El jugador no puede liberar a los prisioneros durante la partida, ni hacer uso indebido de los susurros que llegan hasta sus oídos.
Toma el dado y lo agita en su mano izquierda, lanza. Cuatro.
Casilla 4. La nube.
“Algo bueno te ha sucedido, algo malo te ha sucedido, quizás estés debajo de la tormenta o quizás estés debajo de las brillantes estrellas. Espera por las dos o espera por ninguna pues si eliges sólo una, quizás al final resulte peor. Avanza entonces una casilla, o retrocede la misma, aunque no te confíes, no es del todo tu elección”.
El jugador decide permanecer en la casilla 4 y lanzar de nuevo el dado. Dos.
Casilla 6. La flecha ensangrentada.
“Si has llegado aquí por capricho mereces volver al principio. Si has viajado con la nube desde el sur mereces continuar tu camino el tiempo debido, aunque no se te advierta del futuro peligro. Una gota de sangre puede ser el precio para ésta casilla si la flecha te alcanza, si logras esquivarla te habrás salvado de su punta envenenada”.
El jugador es alcanzado por la flecha, pero aunque pierde una gota de sangre sabe que le quedan suficientes para terminar la partida, o al menos eso es lo que cree. Ha sido envenenado, y perderá una gota más cada vez que se posicione en las casillas rojas. Esto no lo sabe. Vuelve a tirar el dado. Tres.
Casilla 9. El cráter de agua roja.
“No hay de qué preocuparse, que éste cráter está por secarse. Sin embargo para continuar debes beber de su interior, y si deseas alguna herida sanar deberás pagar una gota de sangre más”.
El jugador decide pagar para librarse del envenenamiento. Desconoce que contra ese mal, esta agua no tiene efecto y que ésta es una casilla roja. Agita y lanza. Uno.
Casilla 10. El signo ambiguo.
“Las reglas son tan absurdas como su propio creador, yo que soy la casilla de la rebelión te concedo el derecho de liberar a un prisionero y formularle una simple cuestión. Si eliges hacer uso de tu derecho serás privado de una gota de sangre, si eliges no considerarlo podrás continuar intacto”.
El jugador se desprende de otra gota de sangre para poder valerse de su derecho. Libera a una andrógina creyendo que es un andrógino y pregunta: “¿Cómo puedo concluir éste juego sin morir en el intento?”, inmediatamente contesta la andrógina: “No muriendo Señor”. La andrógina fue devuelta a la celda. El jugador no logra entender la respuesta de su esclava, porque a diferencia de ésta, no sabe que está a punto de quedarse sin más gotas de sangre a causa de su ambición por ganar la partida, no sabe que está a punto de morir.
El jugador tira de nuevo el dado. Cinco.
Casilla 15. La quimera solitaria.
“Puede que hasta este punto hayas llegado volando, corriendo o nadando, pero has llegado. A partir de ahora no se juzgará tu materia sino tu esencia por tanto no debes justificar tu presencia sino sólo ser consciente de ella. Así que puedes extender tus alas, calentar tus piernas o preparar tus aletas, puedes continuar”.
El jugador toma el dado y lo lleva a la altura de sus ojos, le dirige una mirada penetrante y autoritaria. La
Casilla 20: “el destino prometido” es la casilla del tablero que otorga la victoria, por lo que El jugador ordena al dado detener su caída en la cara 5, no comprende que en este juego no tiene autoridad. Con actitud dominante lanza por el dado. Seis.
Casilla 21. La espiral eterna.
“No has de ganar al caer en éste lugar, pero tampoco has de perder al llegar a él. Como en este sitio nada tiene principio ni nada tiene final nada tiene causas ni nada tiene consecuencias, no se te habrá de condenar y como prueba de ello se te habrá de otorgar una oportunidad. Si deseas retroceder a donde te encontraste antes, es tu deber dejar una gota de sangre para que la espiral tenga algo que beber”.
El jugador en un acto predecible se pincha el dedo pulgar y deja caer una gota de sangre en el tablero. Tal como le fue dicho, es devuelto a la casilla 15. Ésta vez espera que el dado le haga conseguir la victoria, hace uso de todo conjuro conocido para que así sea. Mueve violentamente el dado en su mano y lo tira. Seis.
Casilla 21. La espiral eterna.
“No has de ganar al caer en éste lugar, pero tampoco has de perder al llegar a él. Como en este sitio nada tiene principio ni nada tiene final nada tiene causas ni nada tiene consecuencias, no se te habrá de condenar y como prueba de ello se te habrá de otorgar una oportunidad. Si deseas retroceder a donde te encontraste antes es tu deber dejar una gota de sangre para que la espiral tenga algo que beber, si deseas no volver eres libre de continuar pues nada sucederá”.
El jugador en un acto predecible se pincha un dedo más para dejar caer una gota de sangre en el tablero, pero no lo consigue. No tiene más sangre que sacrificar. No hay conjuro que pueda hacerlo ganar. Ha muerto. Está aquí girando con la espiral sin un principio sin un final. Sus esclavos han sido liberados pero habrán de morir instantáneamente por la ausencia de su amo. El jugador jamás comprendió que “el destino prometido” no era para él, que su destino es estar en una casilla eterna por un tiempo infinito.

27 oct. 2008

Verdad y Mentira


Baso las respuestas a mis preguntas en meras suposiciones. Porque ¿cómo he yo de saber si lo que dice es verdad? ¿Cómo puede alguien llegar al fondo de esas palabras y conocer su naturaleza? ¿Intuición? Según el diccionario de la Real Academia Española, la intuición es la “facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento”, pero es que si yo cuestiono la realidad de las palabras, ¿no estará acaso mi “intuición” influenciada por lo que quiero creer? Si se me da un “SI” que en realidad es “NO” y yo intuyo esa realidad pero no quiero aceptarla, entonces creeré el “SI”; con esto se puede llegar a la conclusión de que la respuesta no está del todo en quien responde, sino también en quien pregunta. Por lo tanto vaya círculo vicioso en el que me he metido, porque heme aquí haciendo preguntas para llegar a concluir que las respuestas, en cierta parte, residen en mí.

Ahora, supongamos que comprendo instantáneamente ese “SI” como el “NO” que es y no me permito ser influenciado por nada, en esa situación ¿cómo sé que puedo confiar en ese presentimiento, esa intuición? Me parece que es ahí donde el círculo cierra, porque si no confío en lo que mi interior cree, estoy perdido. Más vale creerle al agua cuando dice ser refrescante que creer lo que las aves que la beben dicen al respecto (una analogía simple pero bastante ilustrativa quiero pensar).

Y no es que le tema a la mentira, a lo que temo es a perder de repente lo que esa “verdad” está ocasionando pues resulta ser muy placentero, por eso temo que sin dejarme influir por el placer mismo mi intuición descubra que el “SI” es en realidad un “NO”.