27 oct. 2008

Verdad y Mentira


Baso las respuestas a mis preguntas en meras suposiciones. Porque ¿cómo he yo de saber si lo que dice es verdad? ¿Cómo puede alguien llegar al fondo de esas palabras y conocer su naturaleza? ¿Intuición? Según el diccionario de la Real Academia Española, la intuición es la “facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento”, pero es que si yo cuestiono la realidad de las palabras, ¿no estará acaso mi “intuición” influenciada por lo que quiero creer? Si se me da un “SI” que en realidad es “NO” y yo intuyo esa realidad pero no quiero aceptarla, entonces creeré el “SI”; con esto se puede llegar a la conclusión de que la respuesta no está del todo en quien responde, sino también en quien pregunta. Por lo tanto vaya círculo vicioso en el que me he metido, porque heme aquí haciendo preguntas para llegar a concluir que las respuestas, en cierta parte, residen en mí.

Ahora, supongamos que comprendo instantáneamente ese “SI” como el “NO” que es y no me permito ser influenciado por nada, en esa situación ¿cómo sé que puedo confiar en ese presentimiento, esa intuición? Me parece que es ahí donde el círculo cierra, porque si no confío en lo que mi interior cree, estoy perdido. Más vale creerle al agua cuando dice ser refrescante que creer lo que las aves que la beben dicen al respecto (una analogía simple pero bastante ilustrativa quiero pensar).

Y no es que le tema a la mentira, a lo que temo es a perder de repente lo que esa “verdad” está ocasionando pues resulta ser muy placentero, por eso temo que sin dejarme influir por el placer mismo mi intuición descubra que el “SI” es en realidad un “NO”.


24 oct. 2008

La lechuza me habla...

(¡"No sé cuántas chupadas se necesitan pa' llegar al centro de una tutsipop! ¡SOY UN TECOLOTL MAYA!")

La lechuza me habla sin hablar, y lo que le escucho decir realmente no lo escucho. Es porque se comunica con la mente, una mente nada inferior a mi mente, por lo que entiendo sin problemas lo que pretende decirme. Si hay algo en particular que no me agrada del todo es que la velocidad con la que piensa y por tanto la velocidad con la que se expresa ¡es muy rápida!; apenas si logro separar una palabra de otra, una oración de otra, una idea de otra. Supongo que no puede evitarlo pues debe tener tanta información retenida en ese pequeño espacio que necesita renovarla constantemente para que no se estanque o se pierda en el trayecto al receptor.

¡No sabía que las lechuzas pudiesen interpretar los sueños ni conocer lo que cualquiera esté pensando! Me entero apenas de eso porque me dice que le parece divertido cómo me expreso de su rápida manera de comunicarse, me dice también que tratará de moderarse para que no tenga yo complicación en captar a totalidad. Eso me tranquiliza, que sea considerada conmigo, como supongo lo es con todo aquél que se cruza con ella; y es que afortunadamente no ha sido corrompida por las garras de la superficialidad ni la falta de consciencia que portan por lo general los humanos que, sin piedad y sin temor a la gran madre, asesinan a los árboles. Esos ancianos que según me cuenta la lechuza, tanto han hecho por ella y por los suyos, y por todos los seres que habitan esa tierra; desde el cobijo hasta el alimento, incluyendo también como beneficiarios a sus propios asesinos.

Me explica la relación que tiene mi sueño de ayer con la realidad de mi presente, aunque para ser honesto no recuerdo a detalle lo que soñé, lo cual es normal según me dice. Lo que ella hace es ahondar en la inmensidad de mi mente, volar a través de kilómetros y kilómetros de diversos terrenos: montañas, lagos, ríos, pastizales, desiertos, océanos, estrellas, planetas, incluso universos completos; todo para llegar al lugar donde los sueños se reúnen, como un gran banco de peces que encuentran al fin donde habrán de recomenzar su ciclo. Ahí están todos y cada uno de los sueños, desde el primero hasta el más reciente, los hay duraderos o imperceptibles, agradables o molestos, aquellos que prevén una bendición o por el contrario una maldición, los que están saturados de imágenes e instantes sin sentido aparente, los que no resultan nada coherentes, los que se confunden con la realidad, los buenos y los malos. Es donde ha llegado la lechuza, y ha encontrado tal lugar de una forma tan fácil que podría pensar que ha estado ahí con anterioridad. Me dice que no está segura del por qué llega hacia los sueños tan fácilmente, que no es gracias a la práctica pues no lo hace muy a menudo, ni nada tiene que ver con el empirismo; dice que lo más viable a considerar es que sencillamente pueda tener alguna especie de unión o sensibilidad hacia los sueños. Como sea, ahí está posicionada sobre esa gruesa rama, adentrándose en mi mente, conociendo mis sueños, mis temores, mis alegrías y mis anhelos. Puedo impedir que se de tal regocijo entre mis adentros, pero he sido yo quien le ha pedido se interne en ellos.

Me insiste para que le hable sobre mi corazón, cómo se comporta, cómo es que le trato, si sigo sus consejos o le limito a que cumpla solamente con su trabajo. Hay quienes dicen y aseveran que el corazón es nada más que una metáfora; que la mente es mente y corazón, ¡hasta incluyen al alma en su afirmación!, pero todo eso no es verdad, o al menos no lo es para mí. Porque si la mente y el corazón compartiesen el mismo hogar, esta bella lechuza no tendría motivo para preguntarme sobre él, pues sencillo le resultaría adentrarse en mi cabeza y ahí enterarse de mi amor y mis sentimientos. Ahora, si yo traslado la información del corazón hacia mis pensamientos, hacia mi cabeza, para procesarlos y así compartirlos con la lechuza, en esa situación sí puede ella enterarse de lo que habita en mi motor, de otra forma le es imposible conocer los secretos de mi corazón. Sabe que estoy dudando en mi decisión, sin embargo le hablaré de todo lo que quiera conocer, porque ha sido muy buena conmigo, y respetuosa sobre todo.

Agradece la confianza que le tengo, pero ¡qué va! Se la ha ganado. Pregunta sobre el comportamiento de mi corazón. Dice que ha conocido pocos humanos y de entre ellos sólo un par ha querido conversar sobre sus sentimientos, pero que a pesar de eso se ha dado cuenta de que cada corazón es distinto y le interesa conocer la forma en que actúa cada cual. Ahora yo le contesto haciendo que la respuesta que se encuentra en mi corazón se convierta en una idea, para que así pueda asimilarla. Básicamente le respondo que mi corazón es muy impulsivo (¿no es acaso esa su naturaleza?), que es testarudo y aferrado en ocasiones y en otras tantas muy comprensivo, relajado, aventurero pero tímido, tanto puede ser completamente honesto como puede hacer uso de la mentira; y cuando llega a ser visitado por algún viajero que le trata con calidez, se convierte en el mejor de los anfitriones y le es leal hasta el final.

Se ríe de mis palabras, no en tono de burla sino con gracia. Según ella porque descubrió con lo que le dije, que mi mente y mi corazón están sincronizados, que de la misma manera en la que siento es la manera en la que pienso y por tanto, actúo. Y sí, no he de negarlo, pero no siempre es así, tanto mi mente como mi corazón son independientes, y el hecho de que coincidan en ciertos aspectos es perfectamente entendible pues al final eso significa que, como todos, tengo una esencia única.

Está alegre por la afinidad que ha nacido entre nosotros, y es que ambos somos seres nocturnos, ella caza por las noches bajo la luz de la luna, y yo por mi parte hago que esa luz ilumine mi ser y así inspirarme para escribir lo que escribo. Ella perfecciona cada noche sus técnicas de caza y yo pulo mis métodos de redacción (los cuales no son en sí métodos pues sigo como siempre los consejos de mi corazón y una que otra recomendación de mi mente). Ella reflexiona y medita cada vez que el sol se marcha, y yo hago lo mismo; pienso, imagino, filosofo; creo situaciones, mundos, criaturas, ¡hasta me comunico telepáticamente con una lechuza!

23 oct. 2008

La piedra

Dejé atrás la piedra con la que inocentemente tropecé mientras andaba por la única vereda visible en la inhóspita tierra de carnívoras plantas, pirañas con patas y serpientes de belleza nata.

Una roca más grande que una mosca pero más pequeña que una oca, de superficie lisa y clara como la cortina tras la ventana que por los rayos solares es atravesada. Un tumor arrancado de las entrañas de la montaña que fue arrastrado por las fieras aguas del río para hacer tropezar al ingenuo turista de esos remotos parajes hasta entonces desconocidos.

Ahora ha salido del zapato donde se mantuvo cautiva gracias al temor que su propia madre le transmitía, el miedo a la venganza de una dama traicionada, de un alma atormentada, de una diosa enojada. No abandonó el oloroso escondite a voluntad, le fue obligada porque debe cumplir la sentencia final: la trituración de su materia sin derecho a que su esencia trascienda.

Nada ni nadie puede negar un futuro encuentro con esa piedra, así como nada ni nadie puede garantizar tal encuentro; ni las carnívoras plantas, ni las pirañas con patas, mucho menos las serpientes de belleza nata, ni siquiera la misma montaña que fue madre y casa.

Sustancia mineral que por tu extensión formas parte insignificante del suelo desierto que aún camino, ¿por qué no has de morir en mis delirios? ¿Por qué has de vivir de mis recuerdos perdidos? ¿Por qué no te desintegras ni te erosionas como la tierra de la que te formas?

Tropecé y caí, hay que admitir. Lloré sí, pero me levanté para seguir. En cambio tú, destinada a estar ahí varada, dependiente de la ingenuidad del viajero que has de hacer tropezar. Compadezco al andante extranjero que cruce tu territorio, porque ya sea descalzo o calzado, está condenado a pisar tu materia y caer rendido ante tu extraña pero atractiva apariencia.

No existe el amor a primera vista pero...


"El amor no aparece a primera y simple vista, sin embargo en ocasiones existen miradas que se cruzan y, en la intemporalidad, copulan para preñarse la una de la otra y así, por gracia de la Naturaleza, dar vida al amor mismo".

La flor de Alicia



Mientras Alicia caminaba acompañada aún del desconcierto que le causó aquella rara charla con el conejo, se topó repentinamente con una mujer negra que desconocía por completo. A pesar del miedo que le causaba la extraña, sintió de alguna manera cierto alivio cuando pensó que, por el color, complexión y rasgos de la mujer, no podía ser más que una simple sirvienta y como tal ésta debía forzosamente tratarle como lo que era, una bella señorita burguesa.
Lo que Alicia también desconocía, además de la identidad de la mujer, era que la oscura corpulencia de mirada penetrante y mordaz no era, como su pre-juiciosa mente le hizo creer, una sirvienta cualquiera. Si bien la negra se desempeñaba como parte de la servidumbre de la familia Zorro, sus actividades no consistían sólo en llevar los alimentos a la casa y cocinar, barrer, trapear, e inclusive bañar al abuelo Zorro desde que perdió el movimiento de sus piernas a raíz de un accidente automovilístico; pues ser una sacerdotisa Yoruba implica mucho más que eso.
La inocente pero despiadada niña resaltó el carácter heredado de su machista padre y sin más se dirigió a la mujer negra, exigiendo le diera una explicación sobre cómo es que había llegado a tal laberinto de incoherentes seres, y no preguntando, sino exclamando que le diera la ubicación exacta de su menudo cuerpo virginal, y la ruta que debía seguir para salir de una vez por todas de ese infierno.
La gorda sacerdotisa no hizo más que mirar fijamente a la pequeña, sin decir una sola palabra o soltar el mínimo sonido de sus cavidades corporales. Alicia, irritada por la atención que no le prestaban, decidió utilizar una táctica que le era prohibida en su casa, “nada mejor que malas palabras y ofensas para hacer reaccionar a alguien, de la mala forma, pero el fin justifica los medios” es lo que ella pensaba. Términos como “pedazo de mierda negra” o “bola de grasa quemada” fueron empleados por la delicada boca de la señorita sin conseguir los resultados deseados. La mujer ni siquiera cambió la expresión de su rostro al escuchar semejantes majaderías, simplemente privó a Alicia de la fija mirada por unos segundos, y, al abrir los ojos, susurró unas palabras inaudibles y por tanto inentendibles para la niña. Después la yoruba continuó su camino tranquilamente meneando el enorme trasero que le soportaba al sentarse.
Alicia indignada creyó conveniente no darle importancia al suceso, ni seguir a la mujer para hacerle algún reclamo, ni nada por el estilo. Se dio unos minutos para tomar aire y regular su respiración antes de seguir su trayecto sin destino. De vuelta en el andar, prefirió ir por un camino lleno de flores cuyos colores y tonalidades rebasaban su limitada imaginación. Por una parte le gustaba la belleza que deleitaba a sus ojos, pero por otra era inevitable recordar a Salvador, el señor dueño de la zapatería con mayor prestigio de la ciudad, el mismo del que Alicia se había enamorado perdidamente; recordaba la primera vez que se vieron a escondidas en una casa que Salvador tenía en el campo, él le llevó unas hermosas zapatillas hechas especialmente para ella con sus iniciales bordadas con hilo de plata y un enorme ramo de todo tipo de flores exóticas. Después de ese día, Alicia no tenía lugar en su mente y corazón para algo más que no fuera Salvador, era tan evidente su estado que su mejor amiga se percató de ello y no dudó en pedir a Alicia santo y seña de lo que le ocurría. Cuando lo supo no se alarmó, al contrario, fue casi instantáneamente al negocio del susodicho para agradecerle lo feliz que hacía a su amiga; pero antes quería estar segura de que el hombre se encontraba en el lugar, por lo que miró a través de una ventana lateral del establecimiento, para su sorpresa fue testigo de cómo el viejo rabo-verde entregaba a una estilizada joven exactamente el mismo modelo de zapatillas y el mismo ramo de flores que Alicia le había descrito, y cómo después de eso la llevó a la parte trasera del sitio, no sin antes dar un fuerte apretón a sus pálidos senos mientras la besaba. Katia no pensó dos veces antes de correr con su amiga para informarle con detalles lo que había presenciado de manera tan voyerista, y mientras corría se reprochaba no haberse quedado más tiempo para continuar viendo, pues las pasionales imágenes le provocaban un calor interno que le encantaba.
Cuando habló con Alicia sobre el comportamiento polígamo de su amado, Katia jamás imaginó que su mejor amiga le tacharía de mentirosa y envidiosa, pero lo hizo; aunque Alicia no sentía realmente eso, porque en el fondo sabía que Katia era incapaz de mentirle, y mucho menos en algo tan delicado que involucraba directamente a su corazón. Pero el orgullo consiguió la victoria de esa batalla, y después de unas cuantas duras palabras en contra de Katia, Alicia tomó la decisión de no volver a hablar con ella.
Y así mientras veía las flores angustiada por el recuerdo de Salvador, Alicia caminó un par de metros hasta dar con una linda fuente, “justo lo que necesito” pensó “una fuente repleta de refrescante agua”, sin embargo eso que emanaba tan libremente no era agua, era una especie de líquido que tenía un sabor amargo muy intenso, lo que causó que Alicia lo escupiera de inmediato.
En la punta de la fuente, justo en el centro de la cima, había una flor de una belleza atípica, sus once pétalos eran círculos perfectos multicolores y tornasolados. Alicia tan traviesa como de costumbre e hipnotizada por la curiosa flor, trepó la fuente hasta llegar a ella, y, guiada por el instinto asesino que le caracterizaba al ver una bella flor, le arrancó un pétalo. “Te ama” dijo la flor entre gemidos de dolor. Alicia maravillada al notar que la flor decía lo que ella pensaba según el “juego”, continuó con el segundo pétalo. “No te ama” dijo la flor, en un desesperado grito. Para el décimo pétalo la flor no pudo resistir más el dolor que le infligía el monstruo con rostro de ángel y se desvaneció, “no te ama” fueron sus últimas palabras antes de morir.
“¡No te mueras imbécil! ¡Despierta! Aún tienes un pétalo, eso significa que Salvador sí me quiere, a mí y a nadie más, ¡Anda, dilo! Di que sólo me ama a mí, estúpida flor” gritaba Alicia como la niña berrinchuda que era, no comprendía que había asesinado a alguien, sólo le interesaba saber que ella era todo para Salvador. “¡Bien, muérete y vete al infierno! No me digas nada, yo sé que Salvador me ama y soy la única en su vida, además ese último pétalo tuyo es un ‘sí’ está más que claro”, balbuceó Alicia cuando sin aviso, una suave pero quebrada voz la interrumpió. “No te ama, esa es la verdad, no se trata de la cantidad de pétalos que ella tenía, ¿no te das cuenta?, ¡la estabas matando! No pudo soportar tanto dolor y antes de morir quiso castigarte diciéndote la única verdad, ése último pétalo no es un ‘sí’, es nada” dijo con un tono melancólico una flor blanca que vio todo lo acontecido.
“Pero, pero, yo no quise matarla, no fue mi intención, sólo quería saber si Salvador me ama, ¡así es el juego!, no se supone que a las flores les duela, mucho menos que mueran” comentó Alicia tartamudeando.
“Una vida no es un juego jovencita, no sé de dónde vengas ni a dónde te diriges, pero te puedo decir honestamente que aquí eres ya una asesina, y quienes cometen un crimen de tal naturaleza son fuertemente castigados, te has condenado” agregó la flor blanca con un tono amenazante.
Cuando menos lo esperaba, Alicia se encontraba ya rodeada de Zorros y Lobos, los guardianes del orden y la justicia de ese mundo. La esposaron y la llevaron a los calabozos. Su celda era tan fría como un témpano de hielo, y a pesar de eso no cesaba su llanto. Alicia estaba confundida, no sabía qué creer, qué sentir, qué pensar, lo único que hacía era pellizcarse en su ingenuo intento de despertar, pero no, había creado su propia realidad y lo peor, habría de morir encerrada en ella. Cierta tarde, cuando volvió a su celda después de recibir la cadena perpetua como sentencia por el floricidio culposo, Alicia recordó el momento en que la mujer negra se atravesó en su camino, y, devastada, descifró las palabras que la sacerdotisa yoruba había dicho: “No te ama”.