24 abr. 2010

Carta 10


A veces pienso que la coincidencia existe, y que la verdad es como me la dicen. En ocasiones mi mente conjetura intensas situaciones donde no hay más que frases arrojadas al viento, nada trascendentales.


¡Para qué negarme lo que es! ¡Por qué no estar conforme con lo que es! ¿soy acaso hijo de la negación, y sería entonces la inconformidad mi vocación?


Ahora, despertar de un sueño que deja el sabor más amargo posible, que agrega limón a la herida provisional y quizás imaginaria. Eso no se siente bien, porque me da la razón, ¡qué irónico es eso! Un sueño que me da la razón.


Una línea paralela tras otra línea paralela, y así interminablemente, qué odioso. Las muevo, altero su quietud para volverlas perpendiculares, ¡hago que se crucen! ¡Como si me importara! ¡Como si esa tranquilidad suya me estorbara!


Puede ser que mi cuerpo, con sus partes meramente humanas, esté bajo el control del magno y poderoso signo de interrogación. Como si fuese mi Dios. ¿Qué tan conveniente resulta? Si por un lado está la paranoia y por el otro la persecución real. Inclusive puede ser todo ficción disfrazada en su camino para cuando llegue esta historia a su final, se descubra como verdad.




"De nuevo yo..."

Un viaje

¿Para qué partes de lo que no tienes si terminarás con lo que alguna vez tuviste?

Si puedes ver al frente lo novedoso, y hacerlo tuyo si así lo quieres: ¿Qué prefieres?


Detente. Espera ahí, parado sobre el cuadrado. Observa frente a ti al futuro objeto de tus sueños: los de apariencia inalcanzable, los de familia inestable, los que habrás de clasificar y archivar en la memoria compartida con sus dueños. Sal de la simetría, ármate de aventura y pisa la superficie "no perfecta" que te espera. Emprende el viaje.


Deja de caminar por un momento, descansa esas piernas y esos brazos que meces al ritmo del viento. Siéntate a la orilla del camino donde siempre crece la maleza: conversa con ella, que te cuente sus intenciones para contigo. Pídele que no obstaculice tu andar, hazlo con nobleza. Háblale del amor que sientes por la naturaleza, incluyendo la suya, por más insignificante que parezca. Sé sincero, pero sólo si lo eres desde dentro. ¡Ah, mira! Te ha regalado una flor de pétalos infinitos, has oído hablar de ella: dicen que contiene en su núcleo el código genético de cada uno de ustedes, sus hijos. Continúa, no sin antes arrojarle una sonrisa de despedida.


Das tres pasos y parecen haber sido sólo dos, das dos más y parece haber sido sólo uno, das uno y crees haberte detenido. Pero en total tienes seis pasos, tú los has contado. No voltees hacia abajo, no cuestiones a tus pies; todo está en la punta de tu lengua que se aferra a los labios: ¡suéltalo! ¡Escúpelo! cuerpos de parásitos incrustados a ti como se incrustan los no deseados: tan listos los bastardos, ni siquiera yo vi cuando se infiltraron. ¡El remedio perfecto! yo lo tengo: abre el morral que cargas con tanto añoro, saca la flor que te obsequiaron, pídele perdón por lo que vas a hacer, ahora arráncale un pétalo, llévalo a tu boca, rózalo con tus labios, frótalo contra tu lengua: la punta se calienta, el calor quema ¡y que los intrusos mueran!


Estás bien, has aprendido. Sé que desde ahora mantendrás la boca cerrada mientras andes por terrenos inciertos y baldíos. Tú sigue que yo te guío. Pero no confíes sordamente en mis indicaciones, aférrate a tu instinto, despierta tus sentidos y escucha tus latidos.

12 abr. 2010

Cinturón de cuero


Aquella vez de tu visita cuando conociste mi cama en otra faceta,

una cama profeta,

el vaticinio cumplió con su avaricia;

fue alta temperatura de noche, y viento suave de día.



Momentos de la imaginación, vueltos reales desde la sala de espera

una sala concurrida,

ubicada en el ala izquierda de mi cabeza

sin área para fumadores de tabaco ni personas que hieren, y heridas.



Aquél domingo de Sol opaco olvidaste el cinturón de cuero,

ahora extraña tu cintura lejana,

no te lo devolveré en un buen tiempo

para poder continuar sujetándote en un abrazo, por la espalda.

1 abr. 2010

A esperar


Hazme saber si tengo que esperar, si debo preparar un té de paciencia para tomarlo cada vez que me encuentre al borde de la demencia si no es que ya he caído en ese abismo sin ser consciente de ello. No me hables del porvenir si tienes el placer de conocerlo, mucho menos si eres responsable de su puntual arribo a los andenes de este microcosmos.


No intentaré descubrir la semilla que dio vida al árbol estelar porque sus frutos al madurar poseen la misma forma que un signo de interrogación cuando su Naturaleza les alienta a exclamar. Así que no tienes motivo para tejer telarañas, en lugar de eso construye puentes pues las corrientes que arrastran mis palabras habrán de arrasar esos hilos tenues una y otra vez hasta que desistas y evoluciones.


¿Qué unidad mide la espera? Puede que sea el vulgar segundo tan sobre-valuado en un mundo cuyos habitantes hacen de sus mecánicos gobernantes unos completos tiranos. Puede que sean los fragmentos de realidad alterna cuando cada noche de luna llena revelan secretos de la presuntamente realidad verdadera. Puede que sea el parpadeo del cíclope herido por la flecha del olvido cuando, de manera accidental, la soltaste aprendiendo a tirar. O puede que sean las gotas de rocío quienes midan la posible espera.


Hazme saber si tengo que esperar sin decirme qué tengo que esperar.