18 dic. 2008

Siempre te vas

Siempre te vas.

Cuando al fin creo tenerte entre mis brazos, miro al frente y en el espejo drástico es mi semblante pues no te tengo, no es verdad.

Siempre me dejas.

Dibujas una sonrisa en una fotografía mía, esperando que mágicamente mis labios la vuelvan realidad. Así si sonrío te llenarán de alabanzas los hipócritas que te siguen, serás una heroína para ese mísero pueblo cuando me vean vacío por tu culpa, sin ti, sin sonrisa.

Siempre me abandonas.

Vienes de una tierra lejana a conquistar cautos, crees que es mejor que conquistar a simples ignorantes, te gustan los retos y el aplauso de los demás al superarlos. Si al menos te llevaras a esos esclavos contigo, pero ni siquiera eso. Los abandonas en medio del desierto después de prometerles casa, trabajo y alimento.

Una arpía es lo que eres, ser fabuloso que con tu bello rostro de mujer hipnotizas a tus víctimas, para luego devorarles porque al final tu cuerpo es de ave de rapiña. No los matas, disfrutas el sufrimiento. Mirada encantadora que levanta a los muertos para volverlos a matar.

Juré no verte más cuando estuvieses presente. Dios fue testigo de mis palabras obligadas y por no cumplir habrá de esperarme un castigo. Más castigado no puedo estar, me daña tu ausencia tanto como tu presencia, sólo el intento inútil de creer que no existes me reconforta. Pero cuando la conciencia me coloca en tu tiempo y tu imagen, regresas.

No hay cura para el mal que esparces por el mundo ni enfermedad que mate la felicidad momentánea que produces. Pero no quiero curarme de tu mal ni matar la felicidad que tu llegada me causa, tan sólo déjame imaginarte en la eternidad, porque ni siquiera eso me permites.

Ésta vez callaré, porque sé que cuando vuelvas volveré a creer y cuando te vayas volveré a entristecer.

14 dic. 2008

No preguntes...

No, dime que no es, no de nuevo.

No preguntaré “¿por qué?”, le dije que no preguntara eso, que si tenía que cuestionar lo hiciera con un “¿para qué?”. ¿Pero es que no puedo seguir mis propios consejos? Está bien: “¿para qué?” Pregunto.

¿Para sentirme bien? ¿Para sentirme mal? ¿Para cerrar los ojos y soñar con él? ¿Para despertar y recordar que no está conmigo?: Para sentirme mal lleva la delantera.

¿Para escuchar alguna canción y encajar sus palabras sueltas en un solo renglón? Como un rompecabezas pero sin las cien o mil piezas, o una partida de ajedrez pero sin los cuadros blancos sólo los obscuros con sus caballos, o la diana sin los dardos.

¿Para rendirme ante su mirada fingiendo no hacerlo? ¿Para sentir la aspereza de su mano contrastar con la suavidad de su intención al tomar la mía? ¿Para encerrar su nombre de personaje literario en los vagones de un ferrocarril legendario?

Muchos signos de interrogación y pocos signos de exclamación. Ninguno, de hecho. ” ¡Eso no importa!”, -“¡Claro que importa! ¡No debes abusar de las preguntas, comenzaste con una simple y estás expandiendo su poder de incertidumbre como una plaga! ¿Y para qué?”-.

También le sugerí que caminara con la vista al frente y la mente en blanco; que las miradas ajenas las convirtiera en el camino que habrá de guiar sus pasos y las voces ajenas las convirtiera en el viento que habrá de impulsar a sus brazos.

Le pedí que detuviera sus preguntas, no que las matara. Que les liberara sólo en tiempos de certeza y no al contrario como lo venía haciendo. “No preguntes, mírame y siente, tendrás la respuesta” le dije.

¿Para qué?

¿Para escuchar un acento que provoca enternecimiento? ¿Para erosionar con nuestras caminatas la tierra que nos sostiene? ¿Para devolverle al tiempo lo que cree que le he quitado? ¿Para darle un título a un cuadro recién pintado?

Hablamos sobre la extinción de nuestra raza, él pregunta si hay esperanza yo respondo que sólo la necesaria.

¿Para transpirar su peculiar olor? ¿Para entretener a mi mente con un acertijo sin solución? ¿Para embriagar a mi corazón con una interminable botella de alcohol? ¿Para ser quemado con su calor?

¿Para querer arrancarme ésta armadura de fantasía? ¿Para transformar teclas en dedos y dedos en sentimientos? ¡¿Para qué carajos?!

¿Para llorar porque debo callar y callar porque no puedo dejar de llorar?

¿Para tener la causa del peor de los miedos atorada en la garganta y no poder sacarla?

¿Para deleitar a quién? ¿A Dios? ¿A mí? ¿A él? ¿A ti?

¿Para llenar de vida a los planetas moribundos?

Para todo eso y más o para nada quizá. Creo saber lo que se avecina y sin embargo no lo sé: ignorante.

Da igual si me dice lo que quiero escuchar, siempre termino permitiendo a la duda juzgar, y no es un buen juez. Desde ahora tendré que mirar hacia atrás y en base a ello prever. Lo único que puedo ver por ahora es un “¿para qué?”.

Después de todo creo que hubiese sido mejor decirle que si tenía que cuestionar lo hiciere con un “¿por qué?”, pues así no obtendría respuesta y no estaría como yo, siendo atacado por la infinidad de ellas.

10 dic. 2008

Fatum y las Esferas

Sobre la mesa hay dos esferas de cristal, tan brillantes que parecen los ojos de un felino a mitad de la noche. Fatum debe elegir solamente una.

Una decisión sumamente difícil pues la distancia que lo separa de ellas no le permite verlas por completo, tocarlas, sentirlas, saber cuál de ellas debe ser suya.

Intenta averiguar un método que sin falla le haga saber cuál escoger. Como guiarse por el brillo de sus superficies, pero le resulta imposible, ambas poseen esa luz interna que se ve reflejada en su exterior, las dos con la misma intensidad.

Decide entonces hacer uso de su envidiable intuición y de su bolsillo saca un pequeño aparato similar a una brújula. Ese mecanismo fue su regalo de nacimiento, y lo cuida como a su vida misma. Funciona de manera parecida a la brújula, con la diferencia de que su artilugio sólo puede apuntar hacia dos direcciones, en este caso particular, solamente una de las dos esferas.

Fatum cree que habrá de resolver tal dilema con su aparato futurista, pero no será así. Lo dirige hacia la mesa mientras su rostro lleno de esperanza hace una mueca de nerviosismo. A y B son las direcciones, sólo una puede ser seguida.

Sorprendentemente la “brújula intuitiva” no reacciona, no se ve ni el mínimo movimiento de su puntero, no se escucha su mecanismo etéreo ni su engranaje de arterias y sangre. No funciona. Fatum en un arranque de frustración ante tal infortunio golpea su preciada posesión pero no consigue hacerla trabajar. No entiende qué sucede.

Con inocencia pregunta al vigilante si puede conservar ambas esferas, a lo que éste responde con un rotundo “¡No! O una o ninguna”.

Las circunstancias lo tientan a abandonar el lugar, a salir con las manos vacías y el espíritu lleno de incertidumbre y frustración. A pesar de eso permanece allí, pensando, sintiendo lo que debe hacer. Nunca le fue otorgada una tarea tan complicada, siempre creyó que los obstáculos no eran más que invenciones y pretextos de un perdedor.

La habitación es tan grande y obscura como las pupilas de Fatum. Sólo una gran lámpara que cuelga sobre la mesa brinda el calor que evita a Fatum sufrir de hipotermia. Sin embargo la lámpara sólo ilumina la mesa, es como si hubiesen acordado vivir en simbiosis: “yo iluminaré tu fina madera exclusivamente si tu amortiguas una posible caída mía”.

“No sé”, piensa Fatum deseando más que nunca que alguien elija por él, pero así no debe ser. Sabe que puede quedarse con ambas esferas pero si el vigilante dijo lo contrario fue porque sencillamente no debe tener las dos.

- ¿Y si soplo tan fuerte para que una ruede, caiga y se rompa? ¡Así no tendré que elegir!

- No, la finalidad es que elijas. No estarías aquí para recibir algo así tan fácil, si haces caer a una, la restante no te será dada. Elige rápido o el tiempo se encargará de sacarte de aquí, y tú mejor que nadie sabes que no puedes hacerle frente. Anda Fatum. Por cierto, aquella que no sea elegida tendrá que ser condenada al olvido por ti. No lo pienses, no lo sientas, sólo ¡ELIGE!

- ¡ELIJO A LAS DOS!

- Si así lo quieres así será. Pero ten cuidado, fuiste advertido y no atender una advertencia mía implica rendirse ante las consecuencias. Al final no podrás con tanto brillo entre tus manos y serán estas las que terminarán por romper tus esferas.

De pronto la habitación pasó de la obscuridad a la más deslumbrante claridad.

Ahora Fatum tiene una esfera en cada mano, cree que son iguales y que aquel montaje de la elección no fue otra cosa que un truco. También cree que tomó la decisión correcta y sí lo fue, pero no la mejor.

Ignora que aquello no fue un montaje sino una prueba trascendental. Que las esferas no son iguales y por el contrario son tan distintas entre sí que no podrá conservarlas durante mucho. Mientras tanto sonríe.


3 dic. 2008

Sed de Sangre

El hombre es por naturaleza un ser sediento de sangre, aunque desde el comienzo de su tiempo siempre ha tenido el concepto errado al creer que aquel líquido vital es el agua. Ahora, no conforme con agotar el agua de su morada, se dispone a derramar la sangre que sea necesaria para cubrir su sed, mientras desconoce que sus instintos primitivos no tienen culminación, porque son castigos materiales del Eterno.

Plasma de color hipnotizador que levanta a los caídos y se desperdicia deliberadamente entre los campos, las ciudades, los desiertos y los valles.

Este deseo primario de cazar no tiene como fin la muerte ni es alentado por un motivo maligno. Su finalidad es la debida: expulsar la energía contenida, y su motivación no es otra que la misma justicia intentando equilibrar la balanza.

No quiero arrebatar de las manos de Dios una vida porque temería por la mía, sólo quiero comer un trozo de su carne, beber un sorbo de su sangre y oír sus palabras entrecortadas expresando arrepentimiento y rogando por perdón. Oler el mismo miedo que me impuso, la misma incertidumbre evaporándose después de brotar por sus poros. La humedad de sus manos deseando ahogarlo para evitar tal masacre.

“Una mordida mía bastará para sanarle”, no me importa que saludable dedique su vida a otra que no sea la mía. Si es pues la mordida la cura para su mal ¿por qué habría yo de ser señalado como maligno cuando en realidad soy caritativo?

Espero que al ingerir su carne todos sus contaminantes sean derrotados por mi ejército defensor que para ello les abastecí de armas y municiones con su palabra de entregarme la victoria. Porque si sus intrusos males llegasen a mezclarse con los míos me convertiría en un ser despreciable pues tengo sólo lo suficiente. No necesito más arrogancia, no necesito más ignorancia, no necesito más deshonestidad.

Espero que al ingerir su sangre la cual está mezclada con veneno no se atrofie mi sistema y se apague de repente. Es bueno saber que preví toda catástrofe y adquirí toda poción útil para evitarla. En la herida recién hecha le dotaré de un par de gotas de mi sangre que si bien no purificarán la suya exterminando el veneno, sí logrará darle la tonalidad calidad que tanto necesita.

Soy un hombre sediento de sangre, no siempre pero sí de repente. No puedo negar la necesidad esporádica de algo vital que fluye dentro de mí, así como no puedo negar que el blanco está en la mira y al menor de sus movimientos atacaré con cautela pues es lo que me corresponde hacer. Lo que el juez sentencie al acusado no lo sabré, pero confío plenamente en él.

 

2 dic. 2008

Perder

Puede deducirse que perder algo cuyo valor es nulo no habría de causar conmoción, mucho menos preocupación o tristeza. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando ese objeto es más valioso que un trozo de estrella?

Me gustaría ver el rostro del ser cuando se dé cuenta que el objeto perdido tiene un valor incalculable, sobre todo al enterarse que ese pedazo de estrella que tanto deseó hasta conseguir no es más que una roca cualquiera que encontré a las afuera de la patética realidad.

Es cierto que el objeto irá en busca de quien le considere sumamente valioso, uno tras otro conocerá, se topará con algunos de su clase y hasta puede que unan sus fuerzas para destrozar a los que les dejaron perderse, pero también es cierto que el valor nato del objeto es suficiente como para cambiarlo por una galaxia entera, y no sólo conseguir un poco de polvo estelar como ingenuamente creyó el insensato.

Tan correcto aquél que dijo “nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido” como tan contradictorio. Porque sólo se puede saber lo que se tiene cuando se tiene. Y si así no se es capaz de saber, estará condenado a continuar ignorando.

“¡Nadie puede saber lo que tiene si lo pierde!...y si lo pierde esperemos que sepa lo que tuvo”.