3/1/2011

Tú, ser mitológico


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Por cada pregunta encontré una respuesta, muerta.

Caían como plaga bíblica, entes amorfos segregando plasma transparente. Yo no sabía y continúe preguntando hasta que una, cuyo cuerpo parecía el de un león enano y alado, cayó sobre mi hombro izquierdo, rebotando un par de veces hasta que terminó en el suelo, inerte.

Cuando distingues su forma es porque te pertenece.

La vi a través de la botella vacía de vino tinto que guardaba en mi mochila, pues esa botella era el único recuerdo que tenía de ti. Porque solamente a través de ese oscuro cristal verde se puede ver el verdadero color de su plasma.
Era tan bella inclusive muerta. Con su maravilloso porte, melena dorada y una sonrisa en su cara, alas perfectamente trazadas que me deslumbraron pues brillaban más que el propio Sol esa tarde de otoño.

Pequeña respuesta, ¿por qué no te conocí antes? Cuando volabas sin rumbo por el cielo violeta, esperando encontrar tu pregunta gemela y cargar sobre tu lomo al dueño de la boca que la dijera. No te advirtieron que las más bellas de tu clase tienen que ser sacrificadas porque valen más muertas que vivas, y que en otra vida, tú guiarías a tus hermanas hacia el vientre de tu madre.

Pero si dejo de preguntar, el cielo se sobre-poblará con respuestas y éstas a su vez se reproducirán sin conciencia, gestando quimeras malignas que después invadirán nuestro mundo para apoderarse de nuestro libre albedrío.

Como todo ciclo, como toda era.

A menos que las respuestas salgan volando de la cueva que tus labios sellan: sigo preguntando, sigo matando respuestas.